En España, la distribución comercial de películas en Súper-8 (principalmente en forma de versiones abreviadas, resúmenes o digestos) cesó durante el curso escolar 1982-1983, justo antes de que Kodak introdujese su tecnología LPP resistente a la decoloración. Una ironía histórica: cuando por fin el soporte iba a volverse prácticamente eterno, el mercado doméstico ya había sido sentenciado.
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| Boda de Lady Di, de Walton Films, que cuando estudiante había comprado en Inglaterra, con ocasión de un viaje con mi hermana Susana. |
Este pasado fin de semana, aprovechando esta nueva etapa de la vida, separé estas pequeñas películas de aquella época (adquiridas con tanto esfuerzo y entusiasmo cuando era estudiante), de ediciones o tirajes posteriores, con largometrajes completos, en positivos salidos de laboratorios ingleses, estadounidenses o alemanes, que custodio en otra dependencia, en un proceder casi litúrgico, como quien ordena recuerdos por épocas de la vida, en una especie de memoria sentimental del Súper-8 de mi infancia y los años en que éramos felices con siete minutos.
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| En mis manos, un resumen mundo de Joe 90, de Gerry Anderson: mis gustos no han cambiado desde niño |
Aunque el grueso de mi cinemateca en 16 mm y 35 mm se conserva en el Estudio (no por capricho, sino por pura lógica física: un solo largometraje en 35 mm supera holgadamente los veinte kilos), el Súper-8 sí puede vivir en casa. Allí conviven mis primeros resúmenes comprados en la infancia con los últimos largometrajes íntegros en anamórfico editados por Derann Films, como Master & Commander.
CUANDO NO EXISTÍA EL VÍDEO.
Décadas antes de que nadie soñase con Internet, con el DVD o el Blu-ray, cuando ni siquiera existía el vídeo doméstico, los establecimientos fotográficos vendían cine en forma de resúmenes: fragmentos de tres a veinte minutos que permitían poseer una película en casa.
Mi distribuidor favorito era el norteamericano Castle Films. Tenía unos doce años cuando los Reyes Magos, en aquellas Navidades mágicas de la primera mitad de los setenta, me trajeron un único y maravilloso juguete: un proyector Cine Max, que todavía conservo en su caja original. Mi madre lo compró en la desaparecida tienda Moya, frente al Cine París, por 1.500 pesetas de la época.
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| El Cine Max todavía conmigo, tras mas de medio siglo, en su caja original |
Durante meses, invierno tras invierno, antes de 1975, vi con él una y mil veces las pocas películas familiares filmadas por mis padres con una cámara AGFA de Doble-8 que habían comprado a principios de los sesenta a Machirant, un buen amigo catalán que decidió cambiar a un modelo superior. En aquellos años de inviernos largos, sin vídeo y sin alternativas, la única forma de revisitar el cine era a través de aquellos digestos mudos, con subtítulos, que duraban entre tres y diez minutos. Años después llegarían los resúmenes sonoros, los de veinte, cuarenta o sesenta minutos… e incluso las películas completas. Pero esa ya es otra historia.
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| Maravilloso arte de las cajas de cartón de Castle Films |
CASTLE FILMS.
Castle Films fue una de las distribuidoras de resúmenes más importantes del mundo. Fundada en 1918 por Eugene W. Castle, comenzó como productora, pero con la llegada del 16 mm y posteriormente del 8 mm se convirtió en el mayor distribuidor de cine doméstico no comercial del planeta, en su inmensa e inabarcable redondez.
En 1945 firmó un acuerdo con Universal (estudio que acabaría comprando Castle Films en abril de 1977, rebautizándola como Universal 8), lo que permitió la edición de innumerables clásicos del cine terror, la ciencia-ficción, el fantástico, los dibujos animados y el documental.
Con doce o trece años, alrededor de 1973, un resumen mudo de diez minutos en Súper-8 costaba algo más de seiscientas pesetas. El primero que compré fue The House of Frankenstein. El segundo, más modesto pero igualmente fascinante, fue un documental en blanco y negro de tres minutos titulado African Animal Hunt, que costó 213 pesetas. Ambos títulos los tengo expuestos en una vitrina en el estudio, pues con ellos dio comienzo una vocacion que, con sus mas y sus menos, me ha permitido ganarme los garbanzos durante décadas... y disfrutar trabajando.
GRACIAS A ANTONIO DOCAMPO.
En este punto no me puedo olvidar de Antonio Docampo, uno de los padres del cine gallego, injustamente ninguneado por los miserables de un chiringuito (López Chaves dixit) institucional que rige los destinos audiovisuales de la región. En su tienda de la calle Rúa Nueva, de La Coruña, en la que siempre tenía en existencia hasta proyectores Kodak Pageant de 16 mm, lejos de despacharme por ser un niño, Antonio tuvo la generosidad de permitirme comenzar a construir una colección sólida de películas de Castle Films en sus versiones más baratas de 8-Normal. A mí me daba exactamente igual: mi Cine Max proyectaba tanto Súper-8 como 8-Normal y, después de todo, el contenido y su maravillosa caja eran idénticos.
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| La revista española Superocheros, que se edita también en alemán, dedicó un número al super-8 comercial en España |
Uno de mis resúmenes favoritos fue Tarántula, de Jack Arnold, con un jovencísimo y entonces desconocido Clint Eastwood en su primer papel en Hollywood, como piloto de uno de los aviones. Décadas más tarde, tuve la fortuna de conseguir la película completa en 16 mm profesional, con banda magnética en español y óptica en inglés.
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| Resumen de "La guerra de las galaxias" en 7 minutos en blanco y negro, mudo con subtítulos y pan & scan |
EL ORIGEN DE TODO.
El germen del archivo que hoy custodio y que cuenta con miles de bobinas, orincipalmente en 16 mm y 35 mm, fueron aquellos modestos resúmenes de Castle Films y la generosidad de Antonio Docampo, que me vendía auténticos tesoros a precio de coste y, además, con facilidades.
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| Esteve Riambau, cuando fue director de la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya, calificó mi estudio como "templo del cine" |
Poco después del estreno de La Guerra de las Galaxias, que vi en la inmensa pantalla del Cine Riazor proyectada en 70 mm con sonido magnético multicanal, Antonio me vendió lo que hoy es una curiosidad casi inconcebible: un resumen de siete u ocho minutos, en blanco y negro, mudo con subtítulos y en pan & scan, es decir, proyectando en formato académico solo la mitad de cada encuadre anamórfico.
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| Los últimos lanzamientos de Disney en España llegaban de Francia |
En la actualidad, cuando cualquier película está al alcance del móvil, aquello parece alucinante. Pero, en aquel entonces, éramos felices con aquellas bobinas liliputienses. Antes del vídeo, antes de lo digital, antes de que todo fuera instantáneo, cuando yo era niño, estos resúmenes, a menudo mudos e imperfectos, que se vendían en establecimientos fotográficos, al permitir tocar los fotogramas con la mano y verlos al trasluz, transmitían, desde el Súper-8, la magia del cine de verdad (y nos inocularon a muchos niños la pasión por el cine), quizá porque aquel cine reducido, incompleto y técnicamente imperfecto tenía algo que hoy se ha perdido: el deseo, la espera, la imaginación que completaba lo que faltaba.
Aquel sistema de distribución, en el que para ver una película en condiciones debías ir a una sala, aseguraba que los cines, incluso los de barrio, los de reestreno, los parroquiales o los cine-clubs, estuvieran siempre llenos, con los espectadores entrando en un mundo de los sueños, en salas de pantallas gigantes, con sus acomodadores uniformados, sus telones de terciopelo y con un ceremonial que era todo un acontecimiento.
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| Este libro inglés estudia aquel periodo del Súper-8 como fenómeno comercial |










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