Me ha causado tal impresión "Wildwood", la nueva película de Travis Knight y su productora Laika, que, de forma excepcional, voy a escribir sobre ella en esta bitácora dedicada principalmente al Súper-8, pues, después de todo, "Wildwood" tiene bastante que ver con la filosofía que me lleva a continuar filmando con película fotoquímica en pleno 2026, dado que nos encontramos ante una obra extraordinariamente artesanal, realizada mediante stop motion, es decir, animando muñecos físicos, movidos en incrementos infinitesimales entre uno y otro fotograma, dentro de decorados que existen realmente y que han sido construidos por manos humanas.
Bien es cierto que "Wildwood" emplea también tecnología digital (Laika jamás ha pretendido trabajar como si los ordenadores no existiesen), pero ésta se encuentra al servicio de los artistas y no en sustitución de ellos. De hecho, Travis Knight se ha manifestado estos días de forma contundente contra la utilización de la inteligencia artificial generativa para reemplazar el trabajo creativo, distinguiendo entre la tecnología entendida como una herramienta (lo mismo que pueden serlo un lápiz, un pincel, una impresora 3D o un ordenador) y aquella que pretende ocupar el lugar del artista, en una postura que encuentro encomiable.
Con "Wildwood", el espectador se encuentra, en mi opinión, ante una obra maestra absoluta del cine de animación, pero también ante una película que lleva la técnica de la stop motion hasta unas dimensiones que hace pocos años habrían parecido sencillamente imposibles. Más de mil artistas participaron de una u otra manera en su realización, con 49 animadores, alrededor de 230 muñecos y más de 130 decorados físicos. Sólo de la protagonista se llegaron a confeccionar varias decenas de muñecos.
Todo ello para realizar una película de 132 minutos, una duración inusitada para una obra realizada fotograma a fotograma y que, sin embargo, pasa en un santiamén: ¡hasta ni me acordé de comer las palomitas!
Me alegra comprobar que no estoy solo en mi entusiasmo. La prensa estadounidense está destacando precisamente la extraordinaria ambición visual de la película. Los Angeles Times la considera una aventura artesanal exquisita que asombra constantemente y destaca el salto tecnológico, innovador y artístico alcanzado por Laika, mientras otros críticos han llegado a considerarla la película más lograda del estudio, incluso teniendo detrás títulos de la categoría de Coraline o Kubo and the Two Strings. Time Out, que le concede cinco estrellas sobre cinco, va todavía más lejos, considerándola la mejor película de Laika y llegando a describirla como una especie de respuesta en stop motion a "La Odisea", destacando que cada fotograma constituye un placer para la vista. Se ha resaltado particularmente la densidad de sus escenarios, la iluminación, la sensación física de los personajes y unos movimientos que alcanzan tal naturalidad que, paradójicamente, pueden hacer olvidar al espectador el prodigio artesanal que está contemplando.
Ése es, precisamente, uno de los problemas que le encuentro a "Wildwood". La mayor parte de los espectadores que entran en una sala de cine para verla no tienen ni idea de lo que están viendo. Para ellos es simplemente "una película de animación" y muchos, especialmente los más jóvenes, probablemente suponen que todo aquello ha salido de un ordenador.
Al final, durante los títulos de crédito, se muestran brevemente imágenes que permiten descubrir cómo fue realizada la película, pero todos sabemos lo que ocurre en las sesiones con público familiar: cuando aparecen los créditos, buena parte de los espectadores ya están levantándose, poniéndose los abrigos y encaminándose hacia la salida.
| ¡Sólo una chica se quedó con nosotros a ver los créditos! |
Personalmente, eliminaría sin contemplaciones alguno de los insulsos tráileres que precede la película y dedicaría un minuto o minuto y medio antes de "Wildwood" a enseñar cómo se hizo lo que estamos a punto de contemplar: los muñecos, los esqueletos articulados, los decorados, las luces, las manos de los animadores desplazando una figura una fracción minúscula antes de fotografiar el siguiente fotograma, financiando ese pequeño prólogo mediante algún patrocinio relacionado con Nike. Creo que entonces una parte importante del público contemplaría la película de otra manera y comprendería la magnitud de lo que se abre ante sus ojos.
| Me emocionó tanto la película ¡que me olvidé de las palomitas! |
Quizá ayudaría también a que más gente se decidiese a verla. Cuando acudí al cine con mi amigo Javier, lamentablemente éramos muy pocos en la sala, algo que me produjo cierta tristeza ante el descomunal trabajo que estaba contemplando en la pantalla. Curiosamente, mientras en Portland, la tierra de Laika, algunas sesiones están agotando las localidades y la película está siendo recibida con verdadero entusiasmo, su comportamiento en el conjunto de Estados Unidos parece estar siendo bastante más discreto. Ojalá el boca a boca permita que una obra de semejante magnitud encuentre poco a poco al público que merece.
Los avances técnicos introducidos por Laika son asombrosos. Algunos muñecos disponen incluso de mecanismos internos que permiten simular la respiración, se han desarrollado sistemas musculares más sofisticados y nuevos materiales para que cabellos, pieles y tejidos se comporten de una manera cada vez más natural. Pero detrás de cada movimiento continúa habiendo una decisión humana, lo cual, aunque lo valoramos los que seguimos adorando a Harryhausen, debería enseñarse a reconocerlo al público general.
Mi segundo reparo es que "Wildwood" no parece terminar de encontrar con claridad la edad de su público. Estamos ante una fantasía que, por su planteamiento, sus personajes y su sentido de la aventura, podría disfrutar toda la familia, incluyendo los más pequeños, y no ante una obra concebida de entrada para espectadores de mayor edad como "La novia cadáver", "Pesadilla antes de Navidad" o, incluso, "James y el melocotón gigante". Sin embargo, contiene escenas de una violencia sorprendentemente intensa (al menos para los estándares europeos de una película familiar), hasta el punto de que en España ha recibido la calificación "para mayores de 12 años". Creo que Laika podría haberse ahorrado algo de esa violencia sin perder absolutamente nada de la fuerza de la historia y habría ampliado considerablemente su público potencial. Tampoco estoy solo en esta apreciación, dado que Los Angeles Times advierte expresamente de que algunas de sus escenas pueden resultar excesivas para los niños más pequeños, mientras que en Estados Unidos la película ha recibido la calificación PG-13, entre otras razones, por la intensidad de su violencia fantástica y algunas imágenes sangrientas. Incluso entre las críticas enormemente favorables aparece repetidamente esta misma advertencia.
Existe todavía una tercera cuestión, seguramente mucho más personal. Como decimos en Galicia, me parece una auténtica pailanada la insistencia en recrear Oregón y Portland. Comprendo perfectamente que Laika esté orgullosa de su tierra y que la novela original de Colin Meloy y Carson Ellis se encuentre profundamente vinculada a Portland, pero hay momentos en los que la acumulación de referencias locales me recuerda inevitablemente a determinadas películas subvencionadas que se producen en España, en las que parece obligatorio colar planos y referencias al terruño correspondiente como consecuencia perversa de quien pone el dinero (público, en España).
En esta caso, no estamos estrictamente ante esto, pues Portland y los bosques de Oregón forman parte del ADN de la historia, pero, precisamente porque el universo de "Wildwood "alcanza una dimensión fantástica y universal tan extraordinaria, creo que habría ganado todavía más si alguna de esas referencias hubiese sido menos insistente.
Finalmente, quiero referirme a Travis Knight. Durante años he de reconocer que le tuve cierta tirria. Knight había comenzado a trabajar a finales de los años noventa en Will Vinton Studios, el estudio del extraordinario Will Vinton, uno de mis grandes admirados desde hace décadas y figura fundamental en la historia de la animación con plastilina. Travis llegó allí como un joven animador y, pocos años después, tras una etapa financieramente muy complicada para la compañía, su padre, Phil Knight (cofundador de Nike), acabó tomando el control del estudio. Will Vinton perdió la empresa que llevaba su propio nombre y, después de un conflicto muy amargo, aquella compañía terminaría convirtiéndose en Laika. Para quienes admirábamos profundamente a Vinton, aquello resultó muy difícil de digerir. Will Vinton, además, sufriría posteriormente un mieloma múltiple y fallecería en 2018; durante mucho tiempo me resultó imposible contemplar el éxito posterior de Laika sin recordar al hombre cuyo estudio constituyó, en buena medida, el terreno sobre el que acabaría creciendo la nueva compañía.
Sin embargo, después de "Coraline", "ParaNorman", "The Boxtrolls", "Kubo and the Two Strings", "Missing Link" y, ahora, esta descomunal "Wildwood", además de su política (compartida con Walt Disney en vida) de no hacer secuelas, debo reconocer algo que hace veinte años me habría costado escribir: ante Travis Knight no me queda más remedio que descubrirme el sombrero, porque podía haber utilizado su inmensa capacidad económica para fabricar películas siguiendo las modas, reducir costes, automatizar procesos y buscar la rentabilidad mediante productos calculados por departamentos de marketing, pero ha hecho justamente lo contrario.
Ha apostado millones por una de las maneras más lentas, difíciles, caras y aparentemente absurdas de hacer cine, construyendo mundos reales en miniatura y dándoles vida, pacientemente, fotograma a fotograma.
Las propias palabras de Knight resumen mejor que ninguna otra cosa el motivo por el que admiro ahora lo que está haciendo. Frente a una época empeñada en eliminar del proceso creativo el esfuerzo, el tiempo y hasta al propio creador, considera la realización de "Wildwood" una especie de "acto silencioso de rebelión", una celebración del trabajo artístico en la que detrás de cada decisión continúa existiendo un ser humano. Knight reconoce incluso, con bastante sentido del humor, que la animación en stop motion es la manera más difícil y dolorosa de hacer una película, pero cree que precisamente todo ese esfuerzo termina proporcionando algo a la obra que ningún procedimiento automático puede darle: alma (no algoritmos).
No puedo estar más de acuerdo. Porque eso es, en definitiva, lo que defendemos quienes seguimos cargando una cámara con película fotoquímica cuando podríamos grabar miles de imágenes instantáneamente con un teléfono: no el rechazo a la tecnología, sino el valor que puede adquirir una creación cuando detrás de cada decisión existe una persona, un esfuerzo y un proceso material. Por eso, sentado ante la pantalla con mi amigo Javier y disfrutando de "Wildwood," no pude evitar pensar en Will Vinton.
Aunque el estudio ya no lleve su nombre, aunque hayan cambiado los propietarios, las tecnologías, los presupuestos y las dimensiones de las películas, de alguna manera el espíritu de Will Vinton continúa allí, en cada decorado construido con las manos, en cada muñeco, en cada fotograma, fotograma a fotograma.
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