Durante estas épocas oscuras de lo postdigital, la posibilidad de contemplar cine en 70 mm en España parecía reservada a iniciativas casi heroicas, sostenidas por la obstinación de unos pocos exhibidores que se negaban a aceptar que el gran formato fotoquímico que es el glorioso 70 mm fuese relegado definitivamente al terreno de la nostalgia.
Primero fue Barcelona, con la ya emblemática Sala Phenomena; después Zaragoza, con el Cine Palafox; y ahora, por fin, Madrid se incorpora a este selecto circuito, devolviendo al centro de la península una experiencia cinematográfica que pertenece, por derecho propio, a la esencia misma del cine como espectáculo.
El encargado de dar este paso es el MK2 Cine Paz, que el próximo 10 de abril propone una proyección muy particular: Kill Bill, de Quentin Tarantino, en 70 mm. No se trata, además, de una mera reposición, sino de una versión que introduce cambios sustanciales respecto a su estreno original a comienzos de siglo. Entre ellos, destaca una secuencia de anime ampliada, con metraje adicional en el segmento dedicado al origen de O-Ren Ishii, así como la restitución íntegra, sin censura, de la violencia en imagen real, lo que permite contemplar la célebre batalla de la Casa de las Hojas Azules en todo su cromatismo, liberada del blanco y negro al que se recurrió en su momento para suavizar su impacto.
A ello se suma un detalle que, para los amantes del formato supremo, tiene un valor casi emocional: la proyección de ambas partes en una única sesión, articulada con un intermedio musical de quince minutos, recuperando así una liturgia que fue durante décadas inseparable de las grandes producciones exhibidas en 70 mm, antes de que la estandarización digital arrasase con estos rituales.
Conviene, no obstante, introducir un matiz que no por sabido deja de ser relevante: Kill Bill no es, en sentido estricto, una película concebida para el 70 mm. Rodada en 35 mm y posteriormente finalizada mediante un intermediate digital, su copia en gran formato no responde a las virtudes intrínsecas del negativo de 65 mm, sino a una ampliación híbrida que, aun siendo digna, no puede competir con las obras verdaderamente nacidas para ese formato.
Sin embargo, sería un error desestimar la importancia de esta iniciativa por ese motivo, pues estas proyecciones constituyen una puerta de entrada, un primer contacto para un público como el madrileño que, en su sector mas joven, jamás ha tenido ocasión de experimentar la presencia física de una copia en 70 mm atravesando un proyector. Si la respuesta acompaña, como es de esperar, no sería descabellado pensar que este camino recién abierto en Madrid pueda conducir, en un futuro próximo, a la exhibición de títulos en el Cine Paz que sí exploten plenamente las extraordinarias posibilidades del gran formato.
El 70 mm no es sólo una cuestión de resolución o de tamaño de imagen, sino, sobre todo, una manera de entender el cine. Cada nueva pantalla que se atreve a reivindicarlo es, en sí misma, una pequeña victoria contra el olvido.



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