(Versión en español, mas abajo)
There are objects which, by their very nature, seem destined to remain stranded in a bygone era, as though their usefulness had been absorbed by subsequent technologies, and yet they retain an inherent mechanical dignity that makes them worthy of a second life—provided someone, with knowledge, patience, and a certain faith in the analogue world, chooses to rescue them from oblivion.
Such is the case of the Soviet 16mm Kupava editor belonging to my long-time friend Marc Martí, a teacher and filmmaker deeply committed to working with film, who, after reading in this blog some of my reflections on the virtues of LED conversions carried out by José Luís —whom I often refer to, not without reason, as the Galician "wizard of light"—decided to entrust him with his machine, born on the other side of the Iron Curtain and until now equipped with a tungsten lamp as obsolete as it is difficult to source in today’s Western world.
The result, which has just reached his hands, speaks for itself: a brightness that comfortably triples that of the original light source, a far more suitable colour temperature for the accurate reading of the photochemical image, and perhaps most importantly, the certainty that lamp replacement will not be a concern for decades to come. This is no minor detail in an ecosystem where planned obsolescence has become the norm, particularly when relying on low-quality components of all-too-familiar origin.
In contrast, José Luís adheres to a philosophy rooted in the finest European technical tradition: components of German origin, selected not merely for their immediate performance, but for their long-term stability—something that, in the field of film preservation and handling, is not a luxury, but a necessity.
Yet another success, then, for this craftsman of light who, from his almost mythical workshop in an Atlantic lighthouse, under the symbolic protection of Saint Elmo, continues to perform quiet transformations that help keep alive an entire technical and aesthetic universe long since written off by others.
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| (Photograph courtesy of Marc) |
LA MOVIOLA SOVIÉTICA DE 16 MM, AHORA CON BRILLANTE LED
Hay objetos que, por su propia naturaleza, parecen condenados a quedar varados en una época que ya no es la nuestra, como si su utilidad hubiese sido absorbida por la tecnología posterior, pero que, sin embargo, conservan intacta una dignidad mecánica que los hace merecedores de una segunda vida, siempre que alguien, con conocimiento, paciencia y fe en el porvenir de lo fotoquímico, decida rescatarlos del olvido.
Tal es el caso de la moviola soviética de 16 mm Kupava de mi buen amigo, desde hace ya muchos lustros, Marc Martí, docente y director profundamente comprometido con el cine en película, quien, tras leer en esta bitácora algunas de mis reflexiones sobre las virtudes de las conversiones a LED realizadas por José Luís (a quien no sin razón suelo referirme como el "mago de la luz" galaico), decidió enviarle su máquina, nacida al otro lado del telón de acero, equipada hasta ahora con una lámpara de tungsteno tan obsoleta como difícil de encontrar hoy en el mundo occidental.
El resultado, que acaba de llegar a sus manos, no podría ser más elocuente: una luminosidad que triplica holgadamente la de la fuente original, una temperatura de color mucho más adecuada para la lectura precisa de la imagen fotoquímica, y, quizá lo más importante en términos prácticos, la certeza de que no será necesario volver a preocuparse por el reemplazo de la lámpara durante décadas. No es un detalle menor, en un ecosistema en el que la obsolescencia programada parece haberse convertido en norma, especialmente cuando se recurre a componentes de baja calidad cuya procedencia es bien conocida por todos.
Frente a ello, José Luís mantiene una filosofía que entronca con la mejor tradición técnica europea: componentes de origen alemán, seleccionados no solo por su rendimiento inmediato, sino por su estabilidad a largo plazo, algo que, en el ámbito de la preservación y el trabajo con película, no es un lujo, sino una necesidad.
Un nuevo éxito, en definitiva, de este artesano de la luz que, desde su singular taller, casi una quimera, en un faro atlántico, bajo la protección simbólica de San Telmo, continúa obrando pequeñas transformaciones que, sin hacer ruido, contribuyen a mantener vivo todo un universo técnico y estético que otros hace tiempo dieron por amortizado.

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