Con el cortometraje "Frente al último Kodak" terminado, y sin alterar ni su duración ni una sola palabra de la locución, he modificado ligeramente el montaje final. Suprimí aquellas escenas en las que, en el interior de la primera tienda de Zara del mundo, justo antes de su cierre, podían distinguirse clientas o empleados.
En los casos en que no fue posible eliminar el plano sin afectar al ritmo de la película, Álex intervino digitalmente, difuminando fotograma a fotograma las figuras reconocibles hasta hacerlas completamente anónimas.
No se trata de una imposición externa, sino de una decisión personal, pues el cine, incluso el más artesanal y minoritario, como es el de Súper-8, no está por encima de la prudencia ni de las normativas. Una cosa es registrar un momento histórico para un archivo, y otra distinta son las precauciones que conviene tomar al difundirlo en un entorno digital donde la imagen circula sin contexto ni límites temporales.
El metraje original, sin alterar, seguirá existiendo. Está sobre mi mesa, en su forma fotoquímica intacta, tal como fue filmado con emulsión Kodak Vision 500 y una diminuta Fuji P2 con anamórfico rotado para formato vertical. Ese negativo conserva íntegro el instante previo al cierre.
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| Retrolab me devolvió cada cartucho empaquetado, resguardado del polvo |
Pero la versión pública es otra, con imágenes más contenidas, totalmente respetuosas con el anonimato de los clientes, y sigue funcionando bien, pues no cambia el sentido del cortometraje, ni altera su estructura, ni modifica su emoción. Esta “censura voluntaria” no es una renuncia, sino una forma más de cuidado. Crear, aunque sea un documental, también implica saber dónde termina el encuadre y empieza la responsabilidad.


















