(En español, al final)
For decades, we were led to believe that nothing existed behind the Iron Curtain except grey factories, unsmiling bureaucrats and cars capable of surviving a nuclear war—though probably not a sharp bend in the road. Yet, among those inefficient state-run industries, genuine masterpieces emerged in several fields, and one of them eventually found its way, many years later, into my studio, where it now projects Super 8 films.
The lens currently fitted to my Fumeo 9119 LED Stereo could almost be described as something that officially never existed. It was never supplied as standard on any Meopta projector, scarcely appears in period sales literature, and very few collectors are even aware that it was ever manufactured. It is the remarkable Vario Corrigon f/1.1 12.5–25 mm.
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| Corrigon 1.1 fitted on swing open type lens holder of Fumeo 9119 |
It was born in a country that no longer exists either: Czechoslovakia. There, Meopta—whose projectors incorporated electronics manufactured by Tesla—developed this lens not as an ordinary accessory, but as an exclusive premium upgrade intended for a very select clientele. According to the information that has survived, its intended users included certain official institutions, privileged film societies and, naturally, those occupying the most comfortable offices within the Communist Party.
While we in the West admired Schneider and Elmo lenses, a quiet technological race was also taking place behind the Iron Curtain. It was not the Space Race; it was the race to produce the finest projected image possible.
Meopta's Super 8 projectors were excellent machines: robust, dependable and exceptionally well engineered. Most, however, left the factory fitted with perfectly respectable Corrigon or Meonex f/1.3 or f/1.4 lenses, more than adequate for domestic use. The Corrigon f/1.1 belonged to an altogether different league.
It was sold separately in its own luxury presentation case, almost as though it were a scientific precision instrument. Unsurprisingly, its price must have been considerable at the time, which explains why so few were ever produced.
I honestly cannot remember how mine came into my possession. Perhaps I found it during one of my trips to London, or perhaps it was one of those unexpected gifts from a good friend—such as Pichi Pedrosa—who knows my weakness for unusual cinematic equipment all too well. What I do remember is that it spent many years sitting unused on a shelf, not because I didn't want to use it, but because it simply wouldn't focus on any of my projectors fitted with the European lens mount.The design of the barrel prevented the lens from sliding far enough into a conventional projector to reach the focal plane, making it an intriguing curiosity—but a completely unusable one.
Until, one day, I decided to stop accepting that some things were impossible.I modified one of my Fumeo projectors to allow the lens to sit a few millimetres deeper inside the machine. The alteration was relatively simple, although irreversible. What had begun as a simple experiment turned into one of the finest upgrades I have ever carried out on a projector.
The first surprise was the brightness. Not the sort of improvement that exists only in manufacturers' brochures, but the unmistakable performance of a genuine f/1.1 lens. The screen seems to come alive. Shadow detail improves, whites remain brilliantly clean, and the increase in light output is immediately obvious, even to someone with no knowledge of optics.
The second surprise was the contrast. Meopta's optical coatings deliver an exceptionally crisp image, with deep blacks and a beautifully neutral white light, free from the warmer colour cast so often found in other lenses of the same era.
The third surprise is purely emotional. This is a lens that is almost as enjoyable to admire when the projector is switched off as when it is running. Its beautifully machined all-metal barrel conveys that reassuring feeling of engineering built to outlast generations. Every control ring turns with almost hydraulic smoothness, while every engraved marking seems intended to remain legible for the next hundred years.
It is impossible not to compare it with certain Western lenses from the 1980s, when manufacturers increasingly replaced metal with plastics that, decades later, have often cracked or warped with age. Meanwhile, this veteran survivor of the Cold War remains exactly as it should be: silent, reassuringly heavy, impeccably engineered, and still producing an image capable of astonishing modern audiences.
Perhaps that is why I like to think that whenever I switch on my Fumeo 9119, I am not simply projecting a Super 8 film. For a few minutes, I am allowing the light that was once born behind the Iron Curtain to cross Europe once again.
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| Anamorphic here is Inflight by Kowa for x 1.5 |
CORRIGON f/1.1 12,5-25 mm:
LA LUZ QUE BRILLABA DETRÁS DEL TELÓN DE ACERO
Durante décadas nos hicieron creer que detrás del Telón de Acero sólo existían fábricas grises, funcionarios con cara de pocos amigos y automóviles capaces de sobrevivir a una guerra nuclear aunque no a una curva. Sin embargo, entre aquellas ineficientes industrias estatales también nacieron algunas auténticas joyas en distintos ámbitos, y una de ellas terminó, muchos años después, proyectando películas de Súper-8 en mi estudio.
El objetivo que equipa actualmente mi Fumeo 9119 LED Stereo podría decirse que, oficialmente, casi nunca existió, ya que no apareció montado de serie en ningún proyector Meopta, apenas figura en la documentación comercial de la época y muy pocos estudiosos saben siquiera que fue fabricado: se trata del extraordinario Vario Corrigon f/1.1 de 12,5-25 mm.
Nació en un país que tampoco existe ya, Checoslovaquia, donde Meopta —cuyos proyectores incorporaban electrónica fabricada por Tesla— desarrolló esta óptica no como un accesorio corriente, sino como una actualización de lujo destinada a un público muy reducido que, según la información que ha llegado hasta nuestros días, incluía principalmente a determinados organismos oficiales, clubes cinematográficos especialmente privilegiados y, cómo no, a quienes ocupaban los despachos más cómodos del Partido Comunista.
Mientras en Occidente soñábamos con los objetivos Schneider o Elmo, al otro lado del Telón de Acero también se estaba librando una silenciosa carrera tecnológica que no era la carrera espacial, sino la carrera por fabricar la mejor imagen posible.
Los proyectores Meopta de Súper-8 eran excelentes máquinas, robustas y extraordinariamente fiables, pero la inmensa mayoría salía de fábrica equipada con ópticas Corrigon o Meonex de f/1.3 o f/1.4, perfectamente dignas para un uso doméstico, mientras que el Corrigon f/1.1 pertenecía claramente a otra división.
Se comercializaba por separado, presentado en su propio estuche de lujo casi como si fuera una pieza de precisión científica, y su coste debía de resultar considerable para la época, lo que explica que su producción fuese muy reducida.
Confieso que ni siquiera recuerdo cómo llegó hasta mis manos; tal vez lo encontré durante alguno de mis viajes a Londres o quizá fue uno de esos regalos inesperados de algún buen amigo, como Pichi Pedrosa, que conocen demasiado bien mis debilidades cinematográficas, pero lo cierto es que pasó muchos años guardado en una estantería, no porque no quisiera utilizarlo, sino porque no enfocaba en ninguno de mis proyectores con montura europea.
El diseño del barrilete hacía que, montado en un proyector convencional, no pudiera introducirse lo suficiente hacia el interior para alcanzar el plano focal, lo que lo convertía en una rareza interesante pero completamente inútil.
Hasta que un día decidí dejar de aceptar que las cosas fueran imposibles y modifiqué uno de mis proyectores Fumeo para permitir que el objetivo penetrase unos milímetros más en el cuerpo del aparato, en una intervención relativamente sencilla pero irreversible.
Lo que había empezado como un simple experimento terminó convirtiéndose en una de las mejores mejoras que jamás he realizado en un proyector, y la primera sorpresa fue la luminosidad, con un auténtico f/1.1 que transforma por completo la proyección: la pantalla parece despertar, las sombras mantienen detalle, los blancos conservan limpieza y el incremento de luz resulta evidente incluso para quien no conozca nada de óptica.
La segunda sorpresa fue el contraste, ya que los tratamientos antirreflejos aplicados por Meopta proporcionan una imagen extraordinariamente limpia, con unos negros profundos y una luz blanca muy neutra, lejos de las dominantes cálidas que presentan otras ópticas contemporáneas.
La tercera sorpresa es puramente emocional, porque este objetivo también se disfruta con el proyector apagado: su barrilete, completamente mecanizado en metal, transmite esa sensación de ingeniería destinada a durar generaciones, cada aro gira con una suavidad casi hidráulica y cada inscripción parece grabada para sobrevivir un siglo.
Resulta inevitable compararlo con algunos objetivos occidentales de los años ochenta, cuando la fiebre por abaratar costes comenzó a sustituir el metal por plásticos que, con el paso de los años, terminaron agrietándose o deformándose, mientras que este veterano superviviente de la Guerra Fría sigue aquí, silencioso, pesado, impecablemente construido y proyectando imágenes con una calidad que todavía hoy sorprende.
Quizá por eso me gusta pensar que cada vez que enciendo este Fumeo 9119 no sólo estoy proyectando una película de Súper-8, sino que estoy dejando que, durante unos minutos, vuelva a cruzar Europa aquella luz que un día nació detrás del Telón de Acero.



































