miércoles, 19 de julio de 2017

"ENCADENADOS" EN SÚPER-8 CON EL FUMEO 9145

Tengo buena parte de la filmografía de Alfred Hitchcock en distintos pasos cinematográficos: 35 mm, 16 mm y Súper-8, siempre en positivos que respetan el formato, algo que no pasa, por ejemplo, con el miserable Blu Ray de "Psicosis", que viene en "panorámico" cuando el maestro de la intriga británico concibió esta obra para ser disfrutada entre 1.37 y 1.66 (mi positivo de la misma, en 16 mm,  se encuentra en el correcto 1.37 pero, variando la ventanilla la puedo proyectar en 1.66 también).
El pasado sábado pasé, para la familia,  "Encadenados" en Súper-8: en la pista uno con su sonido en inglés y en la pista dos con el doblaje en castellano. El positivo, americano, es de una definición tan cristalina y de un blanco y negro tan rico, que, proyectado con el Fumeo 9145 de xenón 500, el proyector de Súper-8 mas potente del mundo (de hecho, viene con la misma linterna Irem que su equivalente de 16 mm y 35 mm., con los que comparte cuerpo), con objetivo suizo Kern, es casi como estar viendo 35 mm. 
 Si Alfred Hitchcock es uno de mis directores favoritos, “Encadenados”, una de sus obras que más estimo, ocupa un lugar especial en mi retina no sólo por el suspense que consigue intrigar al espectador con únicamente dos elementos (la llave de la bodega que Ingrid Bergman logra retirar del llavero de su esposo –Claude Rains- en el dormitorio y la falsa botella de vino que contiene polvo de uranio), sino también por el desarrollo del conflicto entre el amor y el servicio a la patria tanto en el caso de Cary Grant e Ingrid Bergman como, a su manera, del propio Rains.
Este conflicto, en el caso de Bergman y Grant, se encuentra plasmado de una manera magistral en la secuencia del beso de casi tres minutos que, si aun hoy sigue sorprendiendo, en la época de su estreno, 1946, debió causar sensación entre los espectadores.
El ósculo comienza en la terraza y concluye en el extremo contrario del apartamento, junto a la puerta de entrada, planificado como un único plano secuencia, sin cortes, que va acompañando a los dos personajes.

El diálogo de este tórrido plano secuencia es, probablemente, una argucia del director para evitar los tijeretazos de la censura, pero, además, es una alegoría de la completa compenetración sexual entre los dos atractivos protagonistas, realzada con los gestos y frases pronunciadas seductoramente por Ingrid Bergman (“sólo necesitamos un plato para ti, otro para mí”, “comeremos con las manos”, etc.).

La culminación en coito del amor debe posponerse, sin embargo, en aras de un ideal superior: el servicio a la patria en una misión de espionaje. Atendiendo el teléfono, sin dejar de besar, Cary Grant promete volver a las siete, con una botella de vino que le pide Ingrid Bergman, botella que se transforma en otra alegoría, la de la pasión no consumada, cuando Cary Grant la olvida en el despacho de sus superiores en el servicio secreto tras serle ordenado que Ingrid Bergman seduzca a Claude Rains.
El tercer vértice de este triángulo amoroso, ausente en la secuencia, pero presente, es Claude Rains, igualmente enamorado de Ingrid Bergman, y que no se debe olvidar que también está sirviendo a su patria, aunque esta no sea otra que la perversa Alemania nazi.

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