(English version at the end)
Filmar en película implica aceptar, desde el primer momento, una serie de riesgos que uno combate con disciplina inglesa, con método y constancia, pero que, en última instancia, jamás puede controlar del todo. Entre todos ellos, uno de los mas temidos (al menos en mi caso), es la aparición de una mota de polvo o de un pelo en la ventanilla: algo invisible durante el rodaje, ausente en el visor, pero latente, agazapado, esperando su momento para revelarse tras el procesado de la película, cuando ya no existe posibilidad alguna de corrección.
No se trata, ni mucho menos, de un infortunio reservado a quienes transitamos los pasos más estrechos del cine, sino que acecha igualmente a las grandes producciones en 35 mm o incluso en 65 mm. Los profesionales del cine en película recordamos aquel pelo, obstinado y perfectamente visible, en uno de los laterales de la imagen durante varias tomas consecutivas de una compleja escena inicial de "La La Land", con decenas de bailarines en coreografía y un despliegue técnico que no pudo, sin embargo, derrotar a un enemigo microscópico.
En mi caso, la dificultad se intensifica por una elección deliberadamente anacrónica: filmo con cartuchos de Single-8, un sistema hoy desaparecido, lo que me obliga a recargar manualmente la película, procedente tanto de cartuchos de Súper-8 como de rollos de Doble Súper-8, que Álex y yo cortamos en completo cuarto oscuro. Aunque mi laboratorio está, naturalmente, lo más libre de polvo posible, dista mucho de la asepsia de una instalación como la de la NASA.
Por ello, durante el rodaje, cada vez que cambio de cartucho, limpio cuidadosamente la ventanilla de la Fujica ZC1000. Una operación que, en condiciones benignas, apenas supone unos segundos, pero que en la Antártida, más aún trabajando en solitario, adquiere otra dimensión, con guantes gruesos, frío extremo, viento cortante, granizo, nieve… y la conciencia constante de que cada minuto y medio de metraje exige repetir el ritual, en una especie de liturgia técnica.
Lejos de disuadirme, estas dificultades actúan como un acicate y, en cierto modo, como una forma de comunión con los hombres de la época heroica de la exploración antártica, para quienes cada acción era también un acto de resistencia frente a un entorno radicalmente hostil.
Pero la prevención no termina ahí. Durante el rodaje de "Perfecta Locura Antártica," cada dos noches exponía 72 fotogramas de película en blanco y negro (exactamente un pie) que revelaba en un sistema portátil, examinándolos después con un visor Fuji manual, con el único propósito de detectar a tiempo la posible intrusión de uno de esos polvos salvajes que se incrustan en el interior de la ventanilla y resisten cualquier limpieza superficial. A ello se sumaba, casi cada noche, una limpieza más profunda de la cámara, con el obturador abierto mediante la palanca de filmación manual y el objetivo desmontado, otra de las virtudes prácticas de esa extraordinaria máquina que es la ZC1000.
Pese a todo, el enemigo encuentra su oportunidad. En los dos planos que acompañan estas líneas puede verse cómo una mota de polvo, surgida de manera repentina, estuvo a punto de arruinar una toma de especial belleza: un paisaje casi bucólico, rara concesión de la Antártida durante mi rodaje, en uno de esos momentos de tiemp excepcionalmente benigno.
Afortunadamente, el desplazamiento de la mota hacia el borde superior del encuadre me permite albergar una esperanza razonable de salvación, pues con un leve recorte a formato 1.85:1 creo que la imagen podrá aprovecharse.
Que sólo se hayan producido dos incidentes de este tipo en más de cien cartuchos —cada uno con apenas minuto y medio de metraje— evidencia, creo, con elocuencia, de la eficacia de las precauciones adoptadas. No en vano, uno filma bajo la sombra tutelar de Ernest Shackleton.
A SPECK OF DUST THAT RUINS A SEQUENCE.
Shooting on film means accepting, from the very outset, a series of risks that one strives to minimise with almost English discipline —methodical, constant— yet which can never be entirely controlled. Among them all, perhaps the most feared —at least in my case— is the appearance of a speck of dust or a hair in the gate: invisible during shooting, absent from the viewfinder, yet latent, lurking, waiting for its moment to reveal itself after processing, when no remedy is any longer possible.
This is by no means a misfortune reserved for those of us working in the narrowest gauges of cinema; it equally haunts large-scale productions in 35 mm or even 65 mm. Those who love cinema will remember that stubborn, perfectly visible hair on one side of the frame across several takes of a complex opening scene in "La La Land", with dozens of dancers in choreographed motion and a technical apparatus that could not, in the end, defeat a microscopic adversary.
In my case, the difficulty is heightened by a deliberately anachronistic choice: I shoot using Single-8 cartridges, a now-defunct system, which obliges me to reload the film manually —whether from Super-8 cartridges or from Double Super-8 rolls, which Álex and I cut in complete darkness—. And although my laboratory is, naturally, as dust-free as reasonably possible, it is far removed from the aseptic conditions of a facility such as those of NASA; and that small difference, in this context, proves decisive.
For this reason, during shooting, every time I change a cartridge, I carefully clean the gate of the Fujica ZC1000. A seemingly routine operation that, under benign conditions, takes only a few seconds, but which in Antarctica —and even more so when working alone— becomes something altogether different: thick gloves, extreme cold, cutting wind, hail, snow… and the constant awareness that every minute and a half of footage demands the ritual be repeated, almost as if it were a technical liturgy.
Far from discouraging me, these difficulties act as a stimulus and, in a sense, as a form of communion with the men of the heroic age of Antarctic exploration, for whom every action was also an act of resistance against a radically hostile environment.
Yet prevention does not end there. During the shooting of "Perfect Antarctic Madness", every two nights I exposed 72 frames of black-and-white film —just one foot of film— which I processed using a portable system and then examined with a Fuji manual viewer, with the sole purpose of detecting in time the possible intrusion of one of those wild specks that embed themselves within the gate and resist any superficial cleaning. In addition, almost every night, I carried out a more thorough cleaning of the camera, with the shutter held open via the manual filming lever and the lens removed —another of the practical virtues of that extraordinary machine.
And still, the enemy finds its moment. In the two shots that accompany these lines, one can see how a speck of dust, appearing suddenly, came close to ruining a shot of particular beauty: an almost bucolic landscape, a rare concession from Antarctica during my shoot, in one of those exceptionally benign moments.
Fortunately, the gradual drift of the speck towards the upper edge of the frame allows me to retain a reasonable hope of salvation: with a slight crop to a 1.85:1 format, the image may yet be preserved.
That only two such incidents occurred across more than one hundred cartridges —each yielding barely a minute and a half of footage— speaks, I believe, eloquently of the effectiveness of the precautions taken. Not for nothing does one film under the tutelary shadow of Ernest Shackleton.


No hay comentarios:
Publicar un comentario